Historia

 Hubo en la ciudad de Florencia siete hombres, dignos de mucha reverencia y estima, a Ios cuales nu7santoshistoriaestra Señora unió para iniciar, por la vida común y la concordia de Ios ánimos, la Orden de sus Siervos.

Cuando ingresé en nuestra Orden aún vivía fray Alejo, único sobreviviente del grupo de los siete. Plugo a nuestra Señora conservar en vida hasta nuestro tiempo a fray Alejo, para que de su boca pudiéramos conocer el origen de nuestra Orden. La vida de fray Alejo era tal que, como lo pude comprobar con mis propios ojos, no sólo arrastraba con su buen ejemplo a los que con él vivían, sino que era también una garantía de su propia perfección, de la de sus compañeros y de su profunda religiosidad.

Cuatro aspectos pueden considerarse por lo que toca al estado de vida de los siete Fundadores antes de que se congregaran para dar origen a nuestra Orden.

En primer lugar, el estado con relación a la Iglesia: algunos de ellos se habían comprometido a guardar virginidad o castidad perpetua, por lo que no se habían unido en matrimonio; otros ya estaban casados, y otros habían enviudado.

En segundo lugar, el bienestar y condición social: aquellos siete varones comerciaban con las cosas de este mundo, según las reglas del arte mercantil; pero cuando descubrieron la perla preciosa o, por mejor decir, cuando conocieron que esta perla quería producirla nuestra Señora por medio de la unión de sus vidas, entonces para comprar dicha perla, es decir, nuestra Orden, no sólo vendieron todos sus bienes y los distribuyeron entre los pobres, según el consejo evangélico (cf Mt 13, 45-46), sino que, con ánimo alegre, entregaron sus propias vidas.

En tercer lugar, su reverencia y honor para con nuestra Señora. Existe en Florencia, desde muy antiguo, una sociedad fundada en honor de la Virgen María, la cual, por su antigüedad y por la santidad de sus numerosos asociados, había conseguido una cierta relevancia sobre las demás y el título de Sociedad mayor de nuestra Señora. A ella pertenecían, antes de reunirse, los siete Fundadores corno insignes devotos de nuestra Señora.

En cuarto lugar, el estado de perfección espiritual: amaban a Dios sobre todas las cosas y a Él ordenaban todas sus acciones, como exige el recto orden, honrándolo así con todos sus pensamientos, palabras y obras.

Así, pues, subieron a Monte Senario, y en su cima levantaron una pequeña casa, adecuada a sus necesidades, a la que se fueron a vivir en comunidad. Allí empezaron a caer en la cuenta de que se habían congregado no sólo para alcanzar su propia santificación, son también para admitir a nuevos miembros, con el fin de acrecentar la nueva Orden que nuestra Señora había comenzado sirviéndose de ellos. Por tanto, empezaron a recibir a nuevos hermanos y, así, fundaron nuestra Orden, cuya principal artífice fue nuestra Señora, que quiso que estuviera cimentada en la humildad de los frailes, edificada por su concordia y conservada por su pobreza[1].

Nuestra Orden nacida como expresión de vida evangélica, asume la inspiración mendicante -propia de su tiempo- en el seno de la Iglesia. Han sido mucho sus seguidores y entre ellos, también

diversos santos y santas (Felipe Benicio, Juliana Falconieri, Peregrín Laziosi y, a finales del siglo pasado Antonio Pucci).

Hoy la Familia de los Siervos de María está formada por frailes (unos 1000 en todo el mundo); monjas contemplativas (unas 200); religiosas (23 congregaciones con unos 5.000 miembros), dos Institutos seculares y varios miles de laicos, miembros de la Orden seglar (Tercera Orden).

Presentes en los cinco continentes (como la imagen indica), “perseguimos en nuestra vida el ideal de alcanzar la perfecta estatura de Cristo, teniendo para con las criaturas sólo relaciones de paz, de misericordia, de justicia y de amor constructivo. En este empeño de servicio, sea la figura de Maria al pie de la Cruz la imagen que nos guíe. Puesto que el Hijo del hombre es aún crucificado en sus hermanos, nosotros, los Siervos de la Madre, queremos estar con Ella a los pies de las infinitas cruces, para llevar consuelo y cooperación redentora”[2].

[1] (Nn. 15.26-27. 16-19.21.30.41.48.44 passim: en Monumenta OSM, 1, pp. 71 ss.).

[2] Tomado del Epilogo de las Constituciones de los Siervos de Santa María, Roma 1987.